El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de Prevención del Suicidio. El psicólogo clínico Emilio Salao Sterckx, del Centro de Psicología Aplicada (CPsA) de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), nos explica ciertos factores sociales que provocan el suicidio.

¿Se puede prevenir el suicidio?

Sí, sí se puede, pero, depende mucho del enfoque. Estamos acostumbrados a pensar que el suicidio es un asunto psicopatológico de individuos específicos. Incluso, si decimos que el suicidio es un problema de salud pública, el abordaje es individualizado.

Sin embargo, lo que estamos encontrando en estudios actuales, es que ya no se trata de problemas individuales. Se trata de problemas anclados a una profunda determinación social.

Entonces, para prevenir el suicidio no solo se debe tratar a las personas sino a las problemáticas sociales subyacentes.

¿Cuáles son estas problemáticas sociales? 

Lo voy a explicar con hechos de conocimiento público. Por ejemplo, este año, en Estados Unidos, se socializó la investigación Costos de Guerra del Instituto Watson de la Universidad de Brown . Thomas Ben Suit investigó sobre los retornos de soldados norteamericanos que estuvieron en Afganistán e Iraq, entre el 2001 y 2021.

Los hallazgos son abrumadores, puesto que en el lapso de 20 años se han suicidado alrededor de 30.000 soldados estadounidenses. Lo sorprendente es que en las guerras de Oriente Medio fallecieron 7.000 soldados, es decir, que la muerte por suicidio es cuatro veces mayor a las campañas militares.

La raíz social de estos suicidios está asociada a la violencia extrema y traumática. Sin embargo, el problema sistémico es no tratar del estrés post traumático oportunamente mediante políticas de reinserción social, por citar un caso. Así, los soldados estadounidenses cuentan con pocas opciones para superar sus problemas emocionales. El Estado no se reconoce como corresponsable de la violencia, por lo tanto, hablamos de un profundo abandono institucional. 

En el Ecuador, ¿existen ejemplos parecidos?

En nuestro país, se registran experiencias que pueden confluir con esta idea. Primero, debemos saber que, en el Ecuador, la tasa de suicidio en jóvenes es una problemática de salud pública, especialmente en menores de 18 años donde el suicidio es la principal causa de muerte. 

Hay un caso en especial que me parece importante tanto por la problemática como por lo que se hizo al respecto. El suicidio infantil y juvenil en Chunchi, cantón de la provincia de Chimborazo. En esta localidad, se presentaron alrededor de 63 suicidios en el lapso de 20 años, en una población total de 13.000 habitantes. De hecho, Chunchi fue considerada la ciudad con la mayor tasa de suicidio infantojuvenil del mundo entre el 2010 y 2014. 

Este fenómeno se asoció a que una importante parte de la población adulta emigró hacia España a finales de los años 90 y durante la primera década del siglo 21, principalmente, por motivos económicos. Muchos padres y madres dejaron a sus hijos a cargo de familiares y, en algunos casos, se quedaron grupos de hermanos solos.

Aquí también encontramos un tipo de abandono, pero guarda sus diferencias respecto al fenómeno estadounidense, pues presenta varias escalas. El nivel visible es un abandono vincular y familiar. Sin embargo, los padres no abandonan a sus hijos por capricho, sino porque las condiciones sociales en Ecuador no garantizan una vida digna, por lo que la pobreza fuerza la separación familiar.

Además, debe tomarse en cuenta que los estados criminalizan la migración internacional e impiden el reencuentro y el retorno. De cierta forma, se trata de abandono institucional y social.

Como señalan los testimonios de decenas de jóvenes de la provincia de Chimborazo, el sufrimiento que provoca el rompimiento de los vínculos familiares es vivido como una muerte. El suicidio es, de cierta manera, un intento por liberar ese sufrimiento.

¿Otro ejemplo?

Otro caso, es el suicidio en las cárceles ecuatorianas. La Dirección Nacional de Investigación de Delitos Contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Secuestro y Extorsión (Dinased) registra entre 25 y 30 suicidios al año en una población alrededor de 35.000 a 40.000 personas privadas de libertad.

Las causas inmediatas de suicidio suelen relacionarse al rompimiento de la relación de pareja o el deterioro de la relación con la familia, lo que conlleva un profundo sentimiento de soledad. No obstante, es necesario detenernos en las razones de ese desgaste en la vida familiar.

La causa de fondo es, como señalan las personas privadas de libertad, la forma en que el sistema penitenciario obstaculiza la relación familiar. Por ejemplo, la drástica disminución de las visitas semanales, el prácticamente ausente acompañamiento institucional a los allegados y finalmente las prácticas coercitivas del sistema que desincentivan el contacto familiar.

Si observamos estos ejemplos, siempre se conjuga la desolación, pero en distintos niveles. El abandono del Estado y de las instituciones trae como efectos el deterioro familiar, el olvido y la invisibilidad social.

Desde mi punto de vista, el suicidio es, hasta cierto punto, una denuncia sobre la ausencia y la falta de sentido. Es decir, pone en evidencia la forma de relación que se está construyendo socialmente desde las realidades macrosistémicas hacia las microsistémicas. La pérdida de sentido se produce por el despojo del aspecto humano, emocional y vincular de las relaciones.

¿Cómo afectó la pandemia?

La gestión de la pandemia está relacionada al incremento de casos de suicidio. En 2019, se registraron más o menos 260 suicidios; en 2020, aumentó el 37%. Estos datos se mantuvieron en el 2021. Las cifras del 2022, evidencian que el problema no está disminuyendo. Según el Observatorio Social del Ecuador, se registran de dos a tres suicidios diarios.

En las realidades individuales, el suicidio es multicausal. En resumen, el suicidio es una problemática que refleja cómo la sociedad se relaciona con el individuo y no cómo el individuo se relaciona con esta.

¿Qué se está haciendo para evitar el suicidio?

En el Ecuador existen instituciones que han asumido a la problemática del suicidio como una prioridad. Por ejemplo, el Colegio de Psicólogos Clínicos de Pichincha y la Asociación Ecuatoriana de Psicólogos.

También, se observa esta preocupación en los planes nacionales de salud mental del Ministerio de Salud Pública. Desde el 2014 el abordaje del suicidio es una de las prioridades, tanto en los procesos de prevención primaria como de intervención.

De forma paralela, en la academia se está considerando este fenómeno. En la PUCE, en el 2022, abriremos un diplomado de Intervenciones en Primeros Auxilios Psicológicos de Emergencias y Desastres. Este constituye, la primera línea de abordaje ante la intención de suicidio. Evidentemente, estamos tomando cartas en el asunto. Sin embargo, la psicología no puede resolver los problemas sistémicos del país, pero puede articularse a los esfuerzos para ofrecer nuevos procesos psicosociales.

Entonces, ¿qué debemos hacer como sociedad? 

Me parece que todos somos el Estado. La cuestión es cómo podemos exigir y demandar al Estado y a nuestras instituciones la garantía sobre sobre nuestros derechos.  Por ejemplo, proponer a la población más joven alternativas para su desarrollo.

Precisamente, el caso de Chunchi es también un ejemplo de cómo se enfrenta el problema. La sociedad misma se organizó a través de sus comités, la municipalidad, las instituciones educativas para crear espacios donde los niños y jóvenes construyan nuevas relaciones. Uno de esos espacios es La Casa del Migrante. A partir de estos esfuerzos, la tasa de suicidio disminuyó rápidamente. Es decir, podemos encontrar experiencias en la realidad de las que podemos aprender mucho.

En el trabajo clínico, observo que los jóvenes están decepcionados por la falta de alternativas. La experiencia de Chunchi demuestra que la recuperación del tejido social conduce a las sociedades a una posición más creativa y propositiva.

¿Qué hacer como individuos?

Creo que exige replantearnos cómo estamos construyendo nuestras relaciones. Por un lado, el sistema económico actual nos incentiva a tratar las relaciones bajo una dinámica de consumo. Por ejemplo, la proliferación de las plataformas de redes sociales lo dejan muy claro.  En este sentido, la experiencia de la pandemia demuestra que niños, jóvenes y adultos buscan relacionarse de una manera distinta, más humana y más sólida.

Indudablemente, detrás de ese horizonte de reconstrucción del tejido social subyace una nueva búsqueda de sentido. Es bueno preguntarnos: ¿Cómo queremos que sean nuestras vidas?

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