Conexión PUCE entrevistó al doctor Wladimir Sierra, subdecano de la Facultad de Ciencias Humanas de la PUCE a propósito de comentarios racistas en el contexto de la movilización nacional, encabezada por la Conaie.

Desde el 13 de junio, cuando empezó la movilización convocada por los indígenas, se oye que hay que cuidar y defender a Quito, además se les pide regresar a sus tierras. ¿Eso qué denota?

Los brotes racistas denotan claramente una posición ideológica de ciertos grupos. Si hacemos una aproximación histórica y social, en lo que hoy es Quito, se ubicaron varios asentamientos indígenas y luego se constituyó en una urbe más grande por varios factores. Entre ellos la expansión del imperio incásico y la Conquista de América. Este último proceso la transformó en un punto importante para el desarrollo de la Audiencia de Quito y después en su condición de capital del naciente Ecuador. Como toda ciudad grande, la nuestra se formó por constantes migraciones. Así que, si se habla de quiteños de origen, pues, necesariamente, debemos referirnos a indígenas.  

¿Quiénes componen Quito?

En el Distrito Metropolitano, tenemos hoy una acumulación de migraciones de todo tipo. Es una ciudad diversa y heterogénea, compuesta por indígenas, afros, montuvios, mestizos y también por extranjeros que han llegado de Europa, Asia y África. Estos grupos diferentes tienen el derecho de sentirse quiteños. Si una élite pequeña reclama la ciudad como suya estamos escuchando un discurso ideologizado. Cuando aparecen estos brotes de racismo excluyente, se está partiendo de un supuesto falso: que Quito pertenece más a unos que a otros.

A los indígenas que vienen a la movilización, les dicen vagos y les piden dejar a los demás trabajar. ¿Es racista esa afirmación?

Abiertamente racista. Una élite blanco-mestiza se atribuye la vocería de esta ciudad y no la tiene, representa el pensamiento de un grupo minoritario. Esta élite trata de desacreditar, minimizar, infantilizar, denigrar a nacionalidades y pueblos que se han desplazado a las ciudades, porque ahí se afincan las autoridades gubernamentales.

Esta protesta social, como todas, si bien tiene entre sus actores principales al movimiento indígena, también engloba a otros movimientos sociales. Todos ellos pertenecen y dan sentido a la ciudad. Es protervo atribuirles la responsabilidad de frenar la dinámica propia de Quito a las personas que más trabajan en este país. Muchos quiteños no trabajan, no porque han llegado los indígenas, sino porque el país y el Gobierno no propicia formas de inserción laboral.

¿Se subestima al movimiento indígena al decir que alguien más está detrás de su protesta?

Claro que sí. Las élites políticas de este país siempre buscan desacreditar las protestas personalizándolas. Inculpar de la movilización a Leonidas Iza por sí mismo es un error. Como estrategia política, se suele desacreditar reclamos legítimos atribuyéndolos a la malicia de un protervo personaje.

¿A quién se le debe atribuir una protesta?

Hay que entender que una movilización social no las produce tal o cual persona, sino el descontento con las condiciones de vida que sienten grandes grupos poblacionales. Detrás de estas protestas, no están Iza ni (Rafael) Correa ni la manipulación de algún ser astuto. El descontento social endémico en nuestro país se agravó con la crisis sanitaria. El Gobierno actual no ha sido capaz, a pesar de una condición económica favorable, de revertir en algo esta situación, más bien la ha agravado. Eso es lo que está detrás de la protesta.

¿El descontento es solo del movimiento indígena?

Las condiciones desfavorables de vida no solo afectan al movimiento indígena, sino a quien vive en la marginalidad del tejido social. Los afectados somos todos a excepción de élites económicas.

Se dice que los indígenas son los vándalos, los que destruyen y son usados por otros. ¿Esa visión es racista?

Por supuesto. En la Colonia se decía que los indígenas no pertenecían al género humano. Luego se aceptó a regañadientes que son humanos, pero de menor rango. Ahora han devenido en vándalos destructores. Por eso, en la narrativa colonial actual, alguien siempre debe hablar por ellos. Los indígenas son vistos como niños pequeños, que requieren un conductor para que no puedan ser utilizados.

Desde el 13 de junio, se ha exacerbado el discurso racista. ¿Cómo evitarlo, en casa o los colegios?

Eso es muy difícil, el racismo no es un fenómeno reciente en el país, viene desde la conquista de América. Tenemos más de 500 años de sedimentación racista en la cultura ecuatoriana y es complicado desmontarlo. La educación no es el mejor medio. Es correcto que, en escuelas y casas, padres y maestros tomen conciencia y traten de cambiar el discurso ofensivo, denigrante contra “los otros culturales”. Deben educar entendiendo que lo indígena es el sustrato básico de la nación ecuatoriana. Incluso la élite, obviamente, reproduce la cultura indígena en sus hábitos festivos, en sus gustos gastronómicos, etc.

¿Cómo superar el racismo entonces?

El cambio debe hacerse en la estructura socioeconómica del país. Mientras la mayoría viva marginada y olvidada, difícilmente cambiarán esas condiciones ideológicas raciales. Nada mejorará si no se termina la exclusión y la marginalidad. Si siguen excluidos socioeconómicamente, será arduo subsanar aquello que aparece como complemento discursivo. El racismo debe ser destruido en sus manifestaciones reales.

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