¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando lees “una mujer sexy”? Probablemente aparece una silueta femenina de cuerpo esbelto o tal vez el rostro de una actriz, una influencer o una modelo. No es casual pues hemos aprendido a definir lo “sexy” a partir de ciertos rasgos físicos y estéticos. Frente a este escenario surge la duda: ¿cómo influye el consumo de productos culturales sexualizados en la forma en que las mujeres se miran y se representan a sí mismas?
“Sexualización y autosexualización en las mujeres: el papel del consumo de productos culturales sexualizados y la edad” busca responder esta pregunta. El artículo publicado por Journal of Cultural Analysis and Social Change fue desarrollada por docentes investigadores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE):
- Marie France Merlyn,
- Elena Díaz-Mosquera
- Rodrigo Moreta-Herrera (PUCE en Ambato)
- Liliana Jayo
Hablamos con Marie France, investigadora principal, quien nos contó más detalles sobre el estudio.
En la investigación participaron 964 mujeres de entre 18 y 69 años. El propósito fue comprender la relación entre el consumo de música, series, películas y moda con alto contenido sexualizado y dos fenómenos: la sexualización de la imagen en fotografías y la autosexualización.
Sexualización y autosexualización
La sexualización puede definirse como un proceso mediante el cual la mujer es valorada principalmente por su cuerpo. En este marco, el cuerpo femenino se convierte en un “objeto” que puede moldearse, corregirse y perfeccionarse según los estándares estéticos impuestos por la cultura.
Marie-France explica que la sexualización como fenómeno se consolida a partir de la década de 1960, con la convergencia de dos procesos históricos clave: la liberación sexual de las mujeres y el auge del capitalismo. Aunque la emancipación sexual amplió derechos y libertades, también fue rápidamente absorbida por la lógica del mercado. El cuerpo femenino pasó entonces a ser no solo un objeto, sino un objeto de consumo, reproducido y amplificado por la publicidad, los medios y los productos culturales. No se trata únicamente de un cuerpo cosificado, sino de un cuerpo que vende.
Por otro lado, la autosexualización ocurre cuando la objetivización del cuerpo femenino se asume por las propias mujeres como una práctica aparentemente voluntaria. En este proceso, ellas mismas reproducen los modelos sexuales dominantes al presentarse y evaluarse desde la lógica del deseo externo. Sin embargo, como advierte Marie France, esta no es una decisión completamente libre ni aislada del contexto cultural.
“Cuando estás expuesta de manera constante a este tipo de productos culturales, terminas interiorizándolos. A mayor consumo, más se instalan en la mente y en la psique como modelos válidos. Esos modelos se naturalizan y, con el tiempo, se replican”.
Cultura del entretenimiento y sexualización
La investigación parte de un contexto claro: vivimos en una cultura hipersexualizada, donde el cuerpo femenino suele presentarse como un objeto de deseo y consumo. Publicidad, videoclips, moda, redes sociales e incluso plataformas digitales que prometen libertad y empoderamiento reproducen un mismo mensaje: el valor social de las mujeres está estrechamente ligado a su atractivo físico y sexual.
Con la aparición de las redes sociales y los medios digitales el consumo de imágenes se ha ampliado vertiginosamente. Al igual que la necesidad de exponer la propia imagen. Esto trae consigo dinámicas sociales de aprobación y modelos replicables a nivel global. En este escenario la sexualización de exacerba para todos los cuerpos, pero especialmente los femenizados.
Diferencias entre edades
Uno de los hallazgos es que las mujeres jóvenes consumen más productos culturales sexualizados que las adultas medias y mayores. Canciones, series, películas y estilos de vestimenta con alto contenido erótico están mucho más presentes en su vida cotidiana. Esto debido a que la industria cultural apunta principalmente a la juventud femenina, convirtiéndola en su público objetivo.
Luego, este consumo puede replicarse. El estudio demuestra que a mayor consumo de productos sexualizados, mayor tendencia a publicar fotografías sexualizadas de sí mismas, especialmente en redes sociales. Poses sugerentes, ropa provocativa y escenarios íntimos se convierten en una forma de autopresentación que busca visibilidad, aprobación y reconocimiento.
Además, estas prácticas también tienen un impacto en la salud mental. “En personas jóvenes, mientras más alto es el nivel de autosexualización, mayor es la probabilidad de presentar síntomas de depresión. También pueden presentar una imagen corporal negativa, actitudes alimentarias dañinas y una autoestima más baja”.
¿Empoderamiento o naturalización del control?
La investigación también permite cuestionar el discurso que presenta la sexualización como empoderamiento. Publicar fotos sugerentes puede parecer una decisión libre sobre el cuerpo. Sin embargo, los datos muestran que están fuertemente condicionadas por normas culturales, expectativas sociales y recompensas simbólicas como las interacciones en redes sociales.
“En realidad, no siempre estás haciendo lo que quieres. Muchas veces estás reproduciendo lo que la sociedad viene indicando desde los años 60s sobre cómo debe usarse y mostrarse el cuerpo femenino, un mandato que no solo persiste, sino que se ha intensificado con el tiempo. Una joven que se presenta de forma sexualizada en la universidad puede interpretar las miradas o la atención como una forma de empoderamiento. Sin embargo, ese sentimiento aparece únicamente cuando existe un feedback social que valida esa imagen. Si no hay impacto, no hay empoderamiento. En ese sentido, se trata de un empoderamiento condicionado y, en última instancia, falso”, comenta Marie France.
La investigación revela que el consumo cultural explica una parte importante de la autosexualización, especialmente en aquellas dimensiones relacionadas con la validación externa y la autoestima. Esto ocurre en todas las edades, porque aunque las mujeres mayores publiquen menos fotos sexualizadas, muchas ideas sobre el valor del cuerpo y el deseo permanecen internalizadas.
Cuestionar para transformar
Es importante recalcar que el estudio no busca juzgar decisiones individuales, sino visibilizar los mecanismos culturales que las moldean. Sus hallazgos invitan a repensar críticamente qué entendemos por libertad y empoderamiento en un entorno donde la exposición del cuerpo parece una moneda de cambio para la aceptación social.
La investigación advierte la necesidad de educación con enfoque de género, alfabetización digital crítica y políticas culturales que amplíen las formas en que las mujeres pueden ser vistas y valoradas. Cuestionar los modelos impuestos es un primer paso para recuperar la autonomía sobre nuestros cuerpos y nuestras identidades. Tal vez el cambio comience en lo cotidiano, en las palabras que elegimos. Podemos empezar a decirles a nuestras niñas (y a nosotras mismas) qué es lo que realmente nos define y nos empodera: qué generosa eres, qué valiente, qué inteligente…
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