El trino que emiten desde los contenedores de vidrio -que reproducen su húmedo hábitat natural, compuesto por hojas de plantas, tierra, piedras y en algunos casos agua- hace que se imagine que en el lugar hay pájaros. Pero no, es la Balsa de los Sapos de la PUCE.

Ese espacio de conservación de especies en riesgo existe desde el 2006. Y es parte del Museo de Zoología (QCAZ) de la carrera de Ciencias Biológicas, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.

El doctor Andrés Merino, docente investigador de la Escuela de Biología, es el director de la Balsa de los Sapos. En el 2000 le interesó indagar por qué a finales de los ochenta y principios de los noventa desapareció un grupo de ranas pertenecientes al género Atelopus.

Ese fue el tema de su tesis de licenciatura. Entonces se valió de las colecciones de especímenes, conservadas en frascos con alcohol. Este 2022, todo ese trabajo realizado por científicos que han pasado por la PUCE supera los 50 años.

“La gente contaba que antes de los ochenta, debía fijarse en donde ponía los pies para no pisarlas. Había gran cantidad de ranas en los páramos”, apunta el doctor Merino. En su tesis concluyó que una enfermedad, causada por un hongo patógeno, fue una de las posibles causas de la desaparición de los anfibios. Sucedió en varios lugares del mundo.

Otra de las razones podría haber sido el cambio climático, ya que son sensibles a los cambios ambientales. No tienen pelos ni escamas ni plumas, su piel es desnuda.

“Utilicé las bases de datos, que me permitían conocer en qué fecha y en qué condiciones fue colectado un animal. Y les hice autopsias”, dice Andrés Merino.

A la Balsa de los Sapos solo ingresan investigadores de la PUCE y los encargados de los cuidados y alimentación. No es un museo abierto al público, son anfibios en riesgo de extinción.

Uno de los sellos de la PUCE es su vocación por investigar. Más de 1.000 artículos científicos indexados en las bases Latindex 1.0 y 2.0 se registraron entre 2015 y 2020.

Uno de los mejores recuerdos de Andrés Merino ocurrió en el 2005, cuando la PUCE presentó una gran exhibición pública de sapos, llamada SAPARI. Reunieron 40 especies vivas, en total unos 500 individuos. En tres meses, 110 000 personas los visitaron.

¿Cuál es el rol de los sapitos?

El Director de la Balsa de los Sapos cuenta que estos anfibios tienen varios roles ecológicos, pero el principal es el que cumplen dentro de la cadena trófica. Se refiere al proceso de transferencia de energía alimenticia, en el que intervienen varios organismos.

Las plantas viven de la energía del sol, gracias a eso crecen, explica Merino. Luego están animales que se comen las plantas, los insectos. Y ahí entran a escena las ranas, que se alimentan de insectos. Y a su vez ellas son comidas por animales más grandes.

¿Qué secretos guardan las ranas?

Al no tener pelaje ni plumas o escamas se protegen de enfermedades con un sistema de glándulas a lo largo de su piel. Producen químicos fuertes, que combaten patógenos, bacterias y hongos.

Merino advierte que el veneno más potente del mundo viene de una rana, que está en Colombia. “Puede matar a cien humanos o dos elefantes”. Por eso comenta que científicos se interesan en revisar su potencial para elaborar medicamentos.

En uno de los laboratorios de la PUCE estudian la Biología del desarrollo, desde el huevo hasta el nacimiento del renacuajo; Merino estudia la fisiología de estos animales, las tolerancias en el organismo y las amenazas del cambio climático.

En la Balsa de los Sapos, a eso de las 10:00, varias especies aún duermen. Otros emiten un trino intenso, es el cántico con el que los machos atraen a las hembras. No es el típico croar que se escucha en algunos patios de Quito en las noches.

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