Nataly Maura, estudiante de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), decidió no usar aplicaciones de citas porque siente que ahí todo empieza desde la imagen. “Las conexiones no son reales, se basan en algo superficial y estético”, dice. Lo que ella busca es un “encuentro real”, donde prime la lealtad y los vínculos profundos. Pero ella no es un caso excepcional, existe una tendencia a la baja en el uso de aplicaciones de citas como Tinder y Bumble entre la Generación Z.
Hablamos con el PhD. Jorge Cruz, docente investigador del Observatorio de Comunicación (OdeCom) y la Mgtr. Alexandra Serrano, docente investigadora de Psicología, quienes nos cuentan algunas circunstancias que han provocado este cambio. En general, consideran que los centenialls, jóvenes nacidos entre finales de los 90 y principios de 2010, ven el mundo y actúan de manera muy particular. Ambos enfatizan que no se trata de una apatía romántica, sino una forma distinta de vincularse.
¿Qué dicen los datos?
Las aplicaciones siguen teniendo millones de usuarios en todo el mundo, pero los datos muestran que la base está más diversificada. Según estadísticas de distribución por edad en Tinder, solo el 20,57 % corresponde a jóvenes de 18 a 24 años, mientras que el grupo más grande es el de 25 a 34 años (31,53 %). El resto se reparte entre usuarios mayores de 35. Es decir, los centenialls ya no dominan estas plataformas.
Aunque en este rango poblacional es más visible, la tendencia de decrecimiento es general. Muchos usuarios están optando por abandonar estas aplicaciones.
Las particularidades de la Generación Z
En tono de broma, pero con algo de verdad, Alexandra señala que los centennials parecen haber crecido atravesados por una cadena de crisis históricas que marcaron su forma de ver el mundo. Habla incluso de una suerte de “trauma generacional”.
La pandemia de COVID-19 los encontró justo en plena adolescencia, una etapa clave para aprender a socializar, explorar vínculos y construir confianza. El encierro, la virtualidad forzada y la distancia física alteraron esas experiencias y dejaron huellas en sus habilidades de relacionamiento. A eso se suman otras preocupaciones de fondo, como la crisis ambiental, la incertidumbre económica y la digitalización casi total de la vida cotidiana.
En ese contexto también cambió la idea misma de pareja. “Por primera vez, no estar en pareja es una opción válida. Ya no se vuelve un objetivo de vida hacer pareja como sea… pueden plantearse algo que tal vez antes nunca nos planteamos: cómo quiero hacer pareja o qué espero de mi pareja”, reflexiona la psicóloga.
Mientras los millennials crecieron con la presión de “tener pareja sí o sí”, la generación Z se mueve desde la elección. Eso modifica por completo la lógica de las aplicaciones: si no hay urgencia por empatar con alguien, el “swipe” (deslizar) pierde sentido.
El cansancio del “catálogo humano”
En esto coincide Jorge. Además, comenta que el desgaste tiene que ver con la lógica misma de estas apps. “El consumo efímero del contenido en estas aplicaciones son personas, entonces descartas muy rápidamente una u otra persona”, explica
La dinámica del «swipe» convierte a los perfiles en productos: mirar, aprobar, rechazar. Repetir. A la larga, esa abundancia termina vaciando la experiencia. Jorge señala que “el que tengas todo rápido y todo cerca fue muy importante hace un par de años, pero también se volvió desgastado”.
A eso se suma una preocupación más concreta: la seguridad. Citas con desconocidos, perfiles falsos o suplantaciones generan desconfianza, especialmente en contextos como el ecuatoriano. Por eso, muchos jóvenes prefieren primero observar redes sociales, pedir Instagram, ver intereses en común y construir cierta confianza antes de cualquier encuentro presencial.
Centenialls: el amor también cambió…
Alexandra explica que muchos jóvenes continúan replicando los mitos del amor romántico al elegir estar en pareja. Por ejemplo, pensar en la media naranja, los celos como prueba de amor o el sacrificio constante. Sin embargo, muchos otros ahora buscan relaciones más conscientes, equitativas y emocionalmente seguras.
Otro rasgo fuerte es el autocuidado. Salud mental, límites emocionales, responsabilidad afectiva. “Son generaciones mucho más conscientes de estas partes críticas de su vida… mi medio ambiente, mi cuerpo, mi mente”, dice Alexandra.
Eso también se traduce en menos consumo de alcohol, menos encuentros impulsivos y más filtros antes de intimar. Si antes una fiesta ruidosa era el escenario típico para coquetear, ahora muchos prefieren contextos seguros, tranquilos, donde puedan conversar.
¿Cambiaron los planes de pareja?
Si bien los centenialls son nativos digitales, también son los más interesados en volver a lo análogo o tangible. “Ahora todos nacen conectados… quizá están buscando cómo funciona otra realidad, algo más palpable, más perecedero”. Así lo explica Jorge, quien agrega que esto se evidencia en otros consumos culturales como el acetato, la fotografía polaroid, etc.
Tal vez por eso reaparecen los planes presenciales, los talleres, los clubes, los encuentros cara a cara. Alexandra reflexiona sobre que muchos están regresando a dinámicas que usaban generaciones pasadas para relacionarse. Por ejemplo, las speed dating (citas de siete minutos), que estuvieron en auge en los años 90s y ahora están de moda. Las redes sirven para mirar, no necesariamente para vincularse profundo.
Las plataformas lo han notado. Tinder habla de una etapa de “dating intencional” y de conversaciones más honestas. Melissa Hobley, Chief Marketing Officer de la compañía, resume la tendencia: “Los jóvenes buscan conexiones fáciles, sinceras y con un poco de chispa. El dating debe sumar, no estresar”.
¿El fin de las apps de citas?
No es el fin de las aplicaciones de citas. Siguen formando parte del ecosistema digital y están reinventándose para adaptarse a estas nuevas expectativas. Pero ya no ocupan el centro de la vida afectiva juvenil.
Por otro lado, la Generación Z no está huyendo del amor solo los intereses se han volcado a vínculos claros y más profundos. Deslizar infinitamente ya no alcanza. Para muchos, el vínculo necesita tiempo, presencia y honestidad.
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