El 16 de abril de 2016 Ecuador vivió un desastre que sigue siendo una herida en la memoria colectiva. Un terremoto de magnitud 7,8, con epicentro en Pedernales, provincia de Manabí, dejó más de 660 fallecidos, miles de heridos y alrededor de 218.000 damnificados. Además de millonarias pérdidas económicas y ciudades enteras en ruinas. Una década después, surge la pregunta inevitable: ¿qué aprendimos sobre cómo construir y sobre prevención? 

Para responderla, conversamos con el Ing. Marcelo Guerra, coordinador de la Maestría en Ingeniería Civil con mención en Estructuras Sismorresistentes de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Además de ser especialista, él participó en inspecciones técnicas tras el desastre. 

La informalidad: un desafío persistente 

Uno de los hallazgos más críticos tras las inspecciones en las zonas afectadas fue la precariedad técnica. Marcelo explica que el colapso de muchos edificios no fue casualidad, sino el resultado de una falta de «ingeniería». Esto significa que numerosas viviendas y edificios se levantaron sin estudios técnicos, cálculos estructurales ni supervisión profesional, una práctica extendida no solo en la Costa, sino también en otras ciudades del país. Asimismo, el uso de materiales como la arena de mar, que es altamente corrosivo e inestable.

El experto también advierte que incluso en construcciones que contaban con asesoría profesional, muchas no cumplían con la Norma Ecuatoriana de la Construcción (NEC 2015) vigente en ese momento. 

A 10 años del 16A: los aprendizajes que dejó el terremoto de Manabí para construir un país más seguro
La informalidad en la construcción sigue siendo un desafío. Cortesía: archivo 2016

“De las inspecciones que pude hacer en sitio, encontré que varios edificios colapsaron y otros tuvieron que ser demolidos porque no presentaban garantías mínimas de seguridad”. Según su evaluación, solo un pequeño porcentaje de las construcciones tuvo un comportamiento adecuado durante el sismo.  

En resumen, Marcelo indica, que el terremoto dejó en evidencia que el riesgo sísmico no solo depende de la fuerza de la naturaleza, sino también de las decisiones humanas en el diseño y la construcción. 

¿Por qué las casas humildes resistieron el 16A? 

En medio del panorama apocalíptico en las zonas afectadas, llamó la atención que las casas de balsa y caña típicas de la zona rural permanecieron intactas. Frente a estas estructuras tradicionales, muchos edificios de hormigón se desplomaron como papel. Marcelo señala que esto se debe a los materiales y a la masa. 

El ingeniero explica que la acción sísmica está directamente relacionada con el peso de las estructuras. Materiales como el hormigón armado y las paredes de bloque tienen una masa considerablemente mayor, lo que provoca que durante un terremoto reciban fuerzas sísmicas más intensas. En cambio, construcciones hechas con materiales livianos como la caña soportan cargas sísmicas mucho menores.  

Avances y tareas pendientes 

Tras el desastre del 16A, el Estado y diversas instituciones invirtieron miles de millones de dólares en la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas. Se rehabilitaron carreteras, viviendas, hospitales y servicios básicos. 

Sin embargo, desde la perspectiva estructural, los cambios no siempre fueron profundos. “Hubo reconstrucción, efectivamente, pero no hubo sustancialmente una mejora en los edificios”, indica el ingeniero. Marcelo explica que una de las razones es económica.  Reforzar estructuralmente un edificio es costoso y complejo, porque implica intervenir columnas, vigas y muros, lo que obliga muchas veces a demoler acabados interiores.  

Por esa razón, muchos propietarios optaron por reparar únicamente elementos superficiales.“Se arreglan paredes o ventanería, pero no se pone mucho interés en la parte estructural”, añade. El problema entonces es latente porque si ocurre un nuevo terremoto, esas edificaciones podrían enfrentar daños mayores

Más formación, pero todavía insuficiente 

Uno de los cambios positivos tras el 16A ha sido la incorporación de nuevas tecnologías de protección sísmica, como los disipadores de energía, que ya se utilizan en algunas edificaciones de Manabí para reducir los daños estructurales durante un terremoto. Paralelamente, también ha crecido la oferta de programas académicos especializados en ingeniería sismorresistente. La PUCE, por ejemplo, cuenta con la Maestría en Ingeniería Civil con mención en Estructuras Sismorresistentes. Este es un programa en modalidad híbrida que combina formación teórica y práctica mediante el análisis de casos reales y la simulación de soluciones estructurales. 

Sin embargo, Marcelo insiste en que el desafío sigue vigente, ya que no todos los profesionales que ejercen en el país cuentan con formación especializada en este campo. “Muchos ingenieros no están capacitados en diseño sismorresistente, y eso es un problema serio por la zona geográfica en la que nos encontramos”, señala. 

16A: actuar para que no vuelva a pasar

Ecuador se encuentra en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas sísmicas más activas del planeta. Por ello, los terremotos no son una posibilidad remota, sino una realidad geológica permanente.  

La ingeniería sismorresistente busca que los edificios no colapsen durante un sismo y permitan que las personas evacuen con vida. Diez años después del terremoto del 16A, el principal aprendizaje es que construir bien es una decisión que puede salvar vidas.  

«La memoria colectiva es frágil», advierte el docente. De hecho, recuerda que una amenaza sísmica de esta magnitud se manifiesta aproximadamente cada 20 años en la zona de Esmeraldas y Manabí.  Entontes la preparación técnica no es opcional, sino una obligación ética para salvar vidas y proteger el patrimonio de las familias. 

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