Hace unos días, los medios se llenaron de rostros de personas que se identifican con algún animal. Pero ¿qué le lleva a alguien identificarse como therian? O ¿ unirse a un grupo de violencia misógina como los incels? Redes sociales, cambios culturales acelerados y las crisis globales están transformando la manera en que las nuevas generaciones se entienden a sí mismas. En este contexto, la identidad juvenil adquiere nuevas particularidades que muchas veces pasan desapercibidas cuando los canales de comunicación se enfocan únicamente en la forma visible de los fenómenos y no en las causas profundas que los originan.   

Pero ¿cuáles son estas particularidades? Para responder a esta pregunta conversamos con dos docentes de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). La Mgtr. Graciela Ramírez y el Mgtr. Ernesto Flores Sierra compartieron su análisis sobre cómo se está configurando la identidad de los jóvenes en el contexto actual. 

La identidad juvenil: un proceso de exploración 

Graciela explica que la identidad se entiende como un proceso constante de identificación con otras personas, valores o grupos. Durante la adolescencia, esta búsqueda se intensifica. Los jóvenes prueban distintas formas de pertenecer: a través de la música, el deporte, los estilos culturales o los grupos de amigos. Estas experiencias funcionan como espacios de experimentación. 

Este proceso no es nuevo. Sin embargo, hoy ocurre en un contexto donde las influencias externas son mucho más numerosas y veloces. En gran parte, porque estamos en un momento hiperconectado. 

Redes sociales e identidades efímeras 

Las redes sociales permiten acceder a múltiples referentes culturales, pero también aceleran los procesos de identificación. Para muchos jóvenes, internet se ha convertido en el principal espacio de socialización. Allí surgen tendencias, subculturas y comunidades que ofrecen sentido de pertenencia, aunque en algunos casos de forma efímera. 

Según Graciela, detrás de muchas de estas identificaciones existe una necesidad profunda de pertenecer. “Probablemente lo que necesitan es sentirse parte de algo, colectivizarse, identificarse con el otro”, explica. Ernesto señala que esta búsqueda responde a una necesidad humana básica de encontrar sentido y comunidad. Cuando estos espacios faltan en la vida cotidiana, los jóvenes tienden a buscarlos en otros ámbitos. 

El problema aparece cuando las relaciones digitales reemplazan el contacto directo.  La lógica de las plataformas se basa en la inmediatez, el estímulo constante y la gratificación instantánea. Esto puede dificultar el desarrollo de habilidades sociales fundamentales, como la construcción gradual de vínculos. Además, puede dificultar procesos más profundos de reflexión sobre quiénes son y qué valores quieren construir. 

¿Cuándo estas identificaciones pueden ser problemáticas? 

El escenario se complejiza en un mundo que amplifica muchas expresiones de manera inmediata y masiva. En la actualidad, gran parte de la exploración personal ocurre en espacios públicos digitales. Plataformas sociales, comunidades virtuales y contenidos virales pueden convertir la experimentación en una exposición permanente. Esto puede generar presión por definirse rápidamente o por sostener una identidad frente a audiencias amplias. 

 Ernesto señala que este fenómeno también tiene raíces históricas. Según explica, desde finales del siglo XX muchas de las estructuras tradicionales que ofrecían sentido colectivo comenzaron a debilitarse. “Las identidades asociadas a los macrorrelatos comenzaron a caerse”, afirma. Se refiere a que, durante décadas, instituciones como la religión, la familia o los grandes proyectos ideológicos ofrecían marcos claros de pertenencia.

Cuando estos relatos se debilitaron, muchos jóvenes comenzaron a buscar identidad en otros espacios. Con el entorno digital, las identidades pueden cambiar rápidamente y construirse en torno a tendencias digitales, lo que hace que muchas veces sean más fluidas y menos estables. 

En este contexto, Graciela señala que estas identificaciones se vuelven conflictivas y riesgosas cuando rompen la barrera de las condiciones de convivencia con los otros. Por ejemplo, en el caso de los icels o célibes involuntarios, un colectivo misógino que culpa a las mujeres por no tener relaciones sexuales. Ernesto agrega que, en países como el Ecuador, esta identificación también se puede dar con bandas criminales. 

Preguntarse ¿qué hay detrás? 

Para Ernesto Flores, estas formas de identificación también reflejan un malestar individual más profundo. Cada persona construye su identidad a partir de una historia compleja que comienza en la infancia y que, en muchos casos, está atravesada por experiencias de violencia, vínculos frágiles o la ausencia de figuras de cuidado. A ello se suma un contexto social igualmente complejo, en el que ciertas formas de deshumanización como la violencia estructural terminan normalizándose en el imaginario colectivo. 

Cuando un joven comete un acto violento, rápidamente lo convertimos en el villano absoluto. Pero pocas veces cuestionamos las violencias a escala global. ¿Qué es más grave: el estallido de un incel en una sociedad violenta o las guerras que provocan cientos o miles de muertes? El verdadero problema es que muchas de esas violencias estructurales terminan normalizándose e incluso legitimándose con el tiempo”, comenta. 

Cómo fortalecer identidades saludables

Frente a este panorama, los especialistas coinciden en la importancia de fortalecer los espacios de encuentro fuera de las pantallas. Para Graciela Ramírez, recuperar experiencias cotidianas puede tener un impacto profundo en la construcción de identidad de los jóvenes. “Salir, construir comunidad y conocer a los vecinos”, señala, al referirse a la necesidad de recuperar vínculos reales en un contexto donde gran parte de las interacciones se trasladan al mundo digital. 

En esta misma línea, subraya la importancia de generar referentes positivos desde la familia, la educación y la sociedad. “Creo que es fundamental construir figuras que los jóvenes puedan admirar. Referentes que les ayuden a hacer contrapeso frente a esas otras figuras más diluidas que, todo el tiempo, les muestran un mundo dominado por la inmediatez y el placer inmediato”, explica. 

El debate sobre el uso de redes sociales y pantallas en la adolescencia también cobra cada vez más relevancia a nivel internacional. En países como Francia y España se ha planteado elevar la edad mínima para el uso de redes sociales de 13 a 16 años. En Ecuador, mientras tanto, el tema empieza a discutirse en el ámbito legislativo. 

Ante este escenario, los expertos destacan que el acompañamiento de las figuras de cuidado resulta clave. Más que prohibir, señalan que la guía y el diálogo son fundamentales durante el proceso de exploración y experimentación propio de la juventud. Es en esta etapa donde justamente las personas buscan identificaciones y referentes mientras construyen su propia identidad. 

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