La historia del Valle de Los Chillos, en el sureste de Quito, no puede comprenderse sin sus hongos. Están en la tierra que pisamos, sobre los troncos de los árboles, en nuestras casas, en los alimentos y hasta en nuestro propio cuerpo. El reino fungi es muy extenso y diverso y su presencia no solo atañe a la biología, sino a distintos ámbitos sociales y culturales que conforman nuestra identidad.
Francisco Ramírez se ha dedicado a estudiar a estos seres que muchas veces pasan desapercibidos. Su proyecto “Relaciones etnomicológicas en el Valle de los Chillos: integración de saberes para la gestión sostenible del territorio”, es una investigación subvencionada por el WasiLab PUCE. Además, se realizó con el apoyo de personas de las 12 parroquias del valle.
El WasiLab de la PUCE es financiado por el Fondo Equipo Francia (FEF), un dispositivo del Ministerio francés para Europa y de Asuntos Exteriores, y la Fundación McKnight. Este centro cuenta con los siguientes socios estratégicos: Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD), Learning Planet Institute (LPI) y France Volontaires.

“El nombre de la investigación suena técnico, pero la idea es sencilla”, explica Francisco. En otras palabras, la investigación busca comprender cómo las comunidades del valle se relacionan histórica y cotidianamente con los hongos silvestres.
“La idea consiste en ver cuánto conocen las personas sobre los hongos y cómo ese conocimiento cultural puede usarse para proyectos de conservación ambiental y social”, señala.
El Valle de los Chillos, tierra de hongos
El Valle de los Chillos no fue elegido al azar. Este sitio es uno de los principales puntos de fructificación de hongos a nivel nacional. “El valle tiene microclimas y microecosistemas muy específicos que favorecen la aparición de una gran diversidad de hongos”, señala Francisco.
Sin embargo, la investigación va más allá de mapear especies. Su interés central está en los saberes bioculturales. Es decir, recopilar cómo las personas recolectan los hongos, cómo se cocinan, cómo se nombran y qué significan para quienes han crecido con ellos.
Para el estudio se realizaron 111 encuestas, entrevistas a personas de distintas generaciones y nueve talleres participativos en mercados, ferias agroecológicas y espacios comunitarios de las 12 parroquias. Además, algunas entrevistas a profundidad.
Saberes y ciencia: dar valor al conocimiento
Uno de los aportes más importantes del proyecto es su enfoque transdisciplinario. “La academia tiene que darle el valor adecuado al conocimiento que se ha generado por siglos. Ese conocimiento no puede ser ajeno a la ciencia”, afirma el investigador.
Por eso, el proyecto apostó por formatos alternativos de difusión, como un folleto ilustrado y materiales audiovisuales, donde las propias comunidades son reconocidas como autoras del conocimiento.
En los talleres surgieron prácticas que hoy la ecología reconoce como sostenibles, pero que han sido transmitidas de generación en generación. Entre estas se encuentran:
- Cortar el hongo sin arrancar el micelio. El micelio es una red de filamentos diminutos que los hongos utilizan para explorar su entorno, intercambiar nutrientes y comunicarse. Se le conoce como el “internet subterráneo” de la funga.
- Usar canastos para dispersar esporas, que son una especie de semillas diminutas por las que se reproducen los hongos.
- Asociar la aparición de especies con lluvias, truenos y ciclos naturales.

Un recetario de “la carne de Dios”
La investigación también revela la estrecha relación entre los hongos y la soberanía alimentaria. En el valle, especies como la kallamba han sido consideradas históricamente una fuente de proteína, al punto de ser llamadas “la carne de Dios” o “el maná del cielo”. El recetario incluido en el proyecto recoge platos tradicionales que muestran cómo los hongos han sido parte fundamental de la alimentación local.

No obstante, este conocimiento está en riesgo. “De una generación a otra se ha perdido muchísimo saber”, se lamenta Francisco. Un ejemplo es el consumo del hongo del maíz o atofa (Ustilago maydis), conocido por personas mayores, pero prácticamente ausente en las generaciones más jóvenes. Esto se debe también a los cambios en las prácticas agrícolas y el uso de agroquímicos.
Cuidar los hongos es cuidar la vida
Más allá del Valle de los Chillos, esta investigación se conecta con debates globales sobre conservación. Hoy ya no se habla solo de flora y fauna, sino también de funga, reconociendo a los hongos como un pilar de la biodiversidad.
“Este proyecto es un primer paso para posicionar a los hongos en los discursos de conservación, soberanía alimentaria y producción sostenible”, concluye Francisco. Él espera que este intercambio de saberes se continúe fortaleciendo a futuro con proyectos de vinculación.

Esta investigación nos recuerda que bajo nuestros pies existe una red viva que sostiene los ecosistemas. Cuidar los hongos no es solo una cuestión científica, también es una forma de cuidar la memoria, los saberes y el futuro.
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