El monseñor Michele Tomasi, obispo de Treviso, visitó la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Aquí ofreció la ponencia magistral La economía de Francisco en el marco de la economía social y la encíclica Laudato si’. Durante su estancia en el país, recorrió diversas iniciativas de economía social y solidaria, como El Salinerito, en Salinas de Guaranda, y Fundación Maquita. Varias han sido acompañadas por la PUCE. Conversamos con él y nos compartió los desafios de promover una economía centrada en la dignidad humana, especialmente en contextos como el nuestro.

¿Quién es Michele Tomasi?

El Mons. Michele Tomasi es obispo de la diócesis de Treviso (Italia) desde 2019. Fue ordenado sacerdote en 1992. Es licenciado en Teología y cuenta con estudios en Doctrina Social de la Iglesia. Promueve una economía humanista inspirada en los principios de Laudato si. También impulsa el compromiso social de la Iglesia, el diálogo con la academia y el fortalecimiento de iniciativas locales de desarrollo solidario.

Monseñor llegó a la PUCE por una invitación de la Facultad de Economía y Gestión Empresarial, el Instituto de Investigaciones Económicas (IIE) y el Observatorio de Economía Social (OESS).

Monseñor, ha pasado varios días en Ecuador. ¿Cómo ha sido esta experiencia para usted?

Han sido diez días muy intensos y profundamente enriquecedores. He recibido una hospitalidad generosísima en todos los lugares que he visitado. Más allá del afecto, me llevo un gran aprendizaje: he visto experiencias concretas donde la doctrina social de la Iglesia se vive en acción. La visita a iniciativas como Salinas o Maquita fue especialmente educativa, porque muestran cómo la fe se traduce en organización, trabajo y dignidad.

Laudato si’ plantea que no existen crisis separadas, sino una sola crisis socioambiental. ¿Qué implica esto para los modelos económicos actuales?

Laudato si’ nos ayuda a comprender que cada crisis ambiental es también una crisis social. Cuando se daña la naturaleza, quienes más sufren son siempre las personas pobres. No existe una economía capaz de sostener en el tiempo niveles tan altos de desigualdad como los que vemos hoy. Por eso, la economía no puede seguir guiándose únicamente por la maximización de la ganancia. El Papa Francisco, en continuidad con la doctrina social de la Iglesia, nos recuerda que la persona debe estar en el centro de la economía, y no al revés. Incluso en una economía de mercado, principios como la fraternidad y la justicia no pueden desaparecer.

¿Qué ocurre cuando la economía ignora estos principios y se centra solo en la ganancia?

Ocurre algo muy claro: cada vez hay menos personas muy ricas y una multitud creciente de pobres. En esas condiciones, la economía deja de funcionar. Se rompen los equilibrios sociales, aumentan los gastos en control y defensa, y se debilita la cohesión social. Si una parte de la población queda excluida del desarrollo, toda la “máquina social” termina fallando.

¿Qué aporta la encíclica Laudato si’ a la academia y a la política?

Primero, nos recuerda que todo está conectado. La academia es el lugar privilegiado para estudiar y comprender estas interconexiones. Segundo, nos invita a preguntarnos por los fines: ¿para qué trabajamos?, ¿para qué producimos conocimiento? Si solo acumulamos instrumentos científicos y tecnológicos sin reflexionar sobre sus objetivos, terminamos con muchos medios y muy pocos fines. La Laudato si’ llama a un diálogo profundo entre ciencia, técnica y humanismo, y también a una conversión personal. No está dirigida solo a los cristianos, sino a todas las personas de buena voluntad.

En sus postulados, usted ha hablado del “capital espiritual”. ¿A qué se refiere, cómo lo definiría?

«Capital espiritual» es un conjunto de recursos internos que fomentan el significado, relaciones profundas, resiliencia y contribución al bien común. Permite a la persona dar sentido a lo que hace, afrontar las dificultades sin romperse, construir relaciones auténticas, actuar no solo por interés personal, sino también por el bien de los demás.

Es un capital inmaterial, pero real. No se ve ni se toca, pero cuando falta, sus consecuencias son evidentes. Puede crecer, puede reconstruirse, pero también puede perderse. En la tradición cristiana, este capital se alimenta del amor de Dios y se expresa en el amor a los demás, especialmente a los pobres.

¿Por qué es importante que las soluciones económicas nazcan desde lo local y lo comunitario?

Porque la economía es para las personas, y las personas viven en contextos concretos. Las comunidades deben tener la posibilidad de desarrollarse desde su propia realidad. Aunque la economía global influye en los precios y en las condiciones de vida, las soluciones locales pueden y deben conectarse entre sí. Es posible una economía cercana a las personas, que tenga en cuenta los vínculos internacionales, pero que no pierda su rostro humano. La pregunta clave es siempre la misma: ¿la economía está al servicio de unos pocos o del desarrollo de todos?

Lo que hacen en Salinas, Maquita y otras iniciativas similares es reconocer las necesidades concretas de las personas y organizarse comunitariamente para darles respuesta. No se trata solo de asistencia, sino de asociación y corresponsabilidad. Estas experiencias están movidas por una motivación más profunda, y es justamente esa fe la que sostiene la perseverancia y la continuidad de su trabajo en el tiempo, incluso en medio de dificultades.

¿Qué papel tiene una universidad pontificia y católica en la formación de economistas y otros profesionales?

Una universidad católica debe enseñar bien la economía tal como se presenta hoy, porque ese modelo influye en las políticas públicas. Pero, al mismo tiempo, debe hacerse las preguntas fundamentales: ¿este modelo sirve a la persona humana?, ¿sirve a las comunidades?, ¿o solo al beneficio de unos pocos?

 Mirar la realidad desde el punto de vista de los pobres no empobrece la ciencia. Al contrario, la humaniza y la hace más eficaz.

En un mundo marcado por la crisis, ¿cómo mantener la esperanza?

Teniendo un amor más grande. Creyendo que es posible. Mirando también hacia atrás y reconociendo todo lo que ya se ha construido. No dejarnos vencer por el miedo o el desánimo. Al final de la vida, la pregunta es simple: ¿queremos dejar una montaña de dinero o una multitud de rostros de personas que se respetan, se cuidan y se quieren?

Finalmente, ¿cuál es el rol de los jóvenes en este contexto de multicrisis?

Los jóvenes no son solo el futuro, son el presente. Tienen energía, creatividad, competencias y también esa “sana locura” necesaria para cambiar las cosas. El Papa Francisco lo mostró claramente con la Economía de Francisco, creando una red mundial de jóvenes comprometidos. Sin ellos, no vamos a ningún lado.

Nota: esta entrevista se realizó con el apoyo de traducción con la intérprete Saarhy Betancourt.

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