¿Puede un grupo históricamente privilegiado sentirse discriminado? La pregunta incomoda, pero los datos la sostienen. Una investigación, realizada por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), sobre masculinidades revela que el 73,5% de los hombres participantes considera que son discriminados por su género. El hallazgo, lejos de negar las desigualdades que enfrentan las mujeres, abre una grieta en el debate público sobre género. Además, revela los costos emocionales, sociales y simbólicos de la masculinidad tradicional.
La investigación, desarrollada en Quito, Ecuador desde una perspectiva exploratoria y cualitativa, pone el foco en los hombres y su vivencia cotidiana del mandato de “ser hombre”. Un mandato que, según los testimonios recogidos, también oprime, castiga y violenta.
¿Por qué investigar a los hombres cuando la desigualdad afecta principalmente a las mujeres?
La Mtr. Marie-France Merlyn, autora principal del estudio y docente de la PUCE asegura que el estudio nace de una constatación clave. Es que hablar de género no es hablar solo de lo femenino.
“Cuando el análisis de género se reduce a una sola experiencia, se corre el riesgo de generar resistencias, incomprensión y discursos reactivos. Este fenómeno, conocido como backlash, se manifiesta en el aumento de narrativas que niegan la violencia de género o la consideran exagerada. Esto ocurre especialmente entre hombres jóvenes”, agrega Marie–France.
Investigaciones previas en Europa muestran que cada vez más hombres jóvenes consideran exagerada la violencia de género. Esta percepción también empieza a resonar en América Latina.

Para comprender esta reacción, el equipo investigador decidió mirar hacia un punto ciego del debate público. Es sobre cómo los hombres perciben su lugar en una sociedad que está transformando sus roles tradicionales. Los resultados muestran que la sensación de discriminación masculina no surge, principalmente, de una pérdida real de derechos. En cambio, es causada por la presión constante por cumplir expectativas rígidas de masculinidad.
La masculinidad hegemónica: un modelo que castiga al que se sale de la fila
Entre las formas más frecuentes de discriminación percibida aparecen la exigencia de fortaleza emocional, “los hombres no lloran”, la obligación de ser proveedores económicos y la necesidad de demostrar heterosexualidad como condición de aceptación social. A ello se suma la percepción de que las instituciones y el sistema de justicia favorecen a las mujeres. Esto ocurre especialmente en ámbitos como la custodia de hijos o ciertos programas de beneficios sociales.
Uno de los hallazgos centrales del estudio es que la principal fuente de control y sanción hacia los hombres proviene de otros hombres. La masculinidad hegemónica (tradicional, dominante y emocionalmente contenida) funciona como una norma no escrita. Esta norma se impone a través de burlas, humillaciones, exclusiones y, en algunos casos, violencia directa.
“Cualquier desviación del modelo es penalizada. El hombre sensible, el que no encaja en el rol de proveedor o el que cuestiona la hipersexualidad es señalado como “menos hombre”. Paradójicamente, el mismo sistema que otorga poder y reconocimiento también produce sufrimiento, pues exige una constante demostración de virilidad y éxito”, menciona la investigadora.
Discriminados, pero no dispuestos a soltar el privilegio
El estudio revela, además, una profunda ambivalencia. Aunque tres de cada cuatro participantes consideran que las mujeres reciben beneficios por su género, el 62,7 % reconoce que los hombres siguen teniendo ventajas estructurales. Como, por ejemplo, mayor acceso a empleos, cargos de liderazgo, salarios más altos y mayor libertad social.
“Esta contradicción expone una tensión clave del debate contemporáneo. Se reclama igualdad desde la sensación de pérdida, pero sin una renuncia clara al privilegio histórico. La igualdad de género no consiste únicamente en equiparar derechos, sino en cuestionar y redistribuir el poder. Y ese paso, tanto para hombres como para mujeres, sigue siendo el más difícil”, comenta la docente.
La violencia que los hombres no nombran
El estudio también visibiliza la violencia que viven los hombres. El 61,3 % de los participantes reportó haber sufrido violencia ejercida por otros hombres. Principalmente en forma de violencia psicológica, peleas físicas o experiencias de bullying.
Sin embargo, el 44,1 % también señaló haber recibido violencia por parte de mujeres. Esto sucedió especialmente en el ámbito de las relaciones de pareja, incluyendo agresiones físicas y emocionales. Además, el estudio documenta episodios de violencia sexual. Existen siete casos en los que el agresor fue otro hombre y cuatro en los que fue una mujer.
“Pese a ello, muchos hombres no se reconocen como víctimas. La creencia de que “el hombre siempre puede defenderse” o que “la violencia hacia los hombres no es grave” contribuye a la invisibilización del problema y a la ausencia de rutas de atención institucional”, agrega Marie-France.
Nuevas masculinidades
Pese al panorama complejo, la docente asegura que existen señales de transformación. Por ejemplo, las nuevas generaciones de padres. Hombres que cuidan, crían, peinan, cocinan y se involucran emocionalmente, están rompiendo con modelos heredados de ausencia y dureza emocional.
“Estos cambios no surgen por moda, sino por conciencia. Muchos hombres deciden no repetir el daño que vivieron. Comprenden que el rol tradicional también les pasó factura y eligen otra forma de ser padres, parejas y ciudadanos”, menciona la investigadora.
No obstante, el proceso no es sencillo. Estudios citados en la investigación señalan que los hombres que empiezan a cuestionar la masculinidad hegemónica experimentan mayor malestar emocional. Esto no sucede porque estén peor, sino porque han dejado de anestesiar sus emociones. En contraste, quienes encajan plenamente en el modelo tradicional presentan mayores tasas de consumo de alcohol, conductas violentas y suicidio.
Educar sin miedo
La conclusión es clara. La transformación no será inmediata ni sencilla. Requiere cambios culturales, legales y educativos profundos. Hablar de género desde edades tempranas, sin miedo ni estigmas, es clave para desmontar estereotipos que dañan a todos.
“El género no es una ideología, es una realidad que vivimos todo el tiempo”, señala la investigadora. Nombrarlo, entenderlo y cuestionarlo es el primer paso para construir relaciones más justas, corresponsables y humanas.
Porque, como demuestra este estudio, mirar a los hombres en el espejo del género no resta a la lucha por la igualdad. Más bien, la vuelve más profunda, honesta y necesaria.
Investigación: Hombres en el espejo del género: percepciones sobre discriminación, beneficios, violencia y adhesión a estereotipos
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