Martín, llega del colegio, lanza la mochila al sofá y enciende su teléfono. No saluda, no pregunta quién está en casa. Sus dedos comienzan a deslizarse sobre la pantalla como si supieran exactamente a dónde ir. TikTok. Instagram. WhatsApp. Un video, otro, otro más. Afuera cae la tarde, pero en su cuarto el tiempo no existe. Pueden pasar horas y Martín continúa navegando en internet. ¿Este tipo de comportamiento es mera rebeldía o podría responder a algo más profundo?
Una generación conectada y expuesta
El caso de Martín no es aislado. Según Unicef, el 98,5% de los adolescentes está registrado en alguna red social. Muchos reconocen haber estado expuestos a riesgos como ciberacoso o contacto con desconocidos. En Ecuador, datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) evidencian un alto acceso de adolescentes a teléfonos inteligentes y redes sociales, consolidándolos como uno de los grupos más conectados del país.
En este contexto, el debate ha escalado al plano político. La Asamblea Nacional del Ecuador discute una propuesta de ley para restringir o prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años, como respuesta al incremento de casos de ciberacoso, sextorsión y problemas de salud mental asociados al uso intensivo de plataformas digitales.
Pero la pregunta persiste: ¿prohibir es realmente la solución?
Más allá del “mal uso”: lo que ocurre detrás de la pantalla
Para la psicóloga Liliana Jayo, directora del Centro de Psicología Aplicada de la PUCE, reducir el problema a una falta de control sería simplificarlo en exceso.
“El uso constante del teléfono y redes sociales puede ser una fuga. Una fuga del contexto familiar, del estrés, de la soledad. Pero también son víctimas de un sistema diseñado para capturar su atención”, explica.
La clave está en entender que no se trata solo de voluntad individual. Las plataformas están estructuradas para retener. Y lo logran.
Dopamina, comparación y vulnerabilidad
El impacto no es únicamente emocional, sino también neurobiológico. Cada “like” o notificación activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina. En adolescentes, cuyo cerebro no alcanza su madurez completa hasta los 25 o 30 años, este estímulo constante puede generar patrones cercanos a la adicción.
En consulta, Liliana identifica señales recurrentes:
- Comparación social intensa, especialmente en torno a la imagen corporal
- Baja autoestima
- Trastornos de la conducta alimentaria
- Alteraciones del sueño
- Irritabilidad o ansiedad cuando se restringe el uso del teléfono
“El celular se vuelve una extensión del cuerpo”, advierte. Reacciones desproporcionadas ante la desconexión o la preferencia absoluta por la pantalla son señales de alerta.
Sin embargo, también introduce un matiz clave: no todo es negativo. Para adolescentes que atraviesan procesos identitarios complejos o pertenecen a minorías, las redes pueden funcionar como espacios de apoyo, donde el anonimato facilita la expresión y la conexión.
¿Prohibir o educar?
La tentación de prohibir aparece como una respuesta inmediata. Pero, según la psicóloga, puede ser contraproducente.
“Cuando algo es prohibido, suele activar más el deseo”, señala, recordando que históricamente las restricciones no eliminan los problemas, sino que los desplazan hacia formas más ocultas.
El doctor Jorge Cruz, docente de la Facultad de Aprendizaje, Lenguas y Comunicación, coincide. “Más que una solución estructural, la prohibición puede convertirse en una respuesta reactiva que no aborda el problema de fondo: la falta de comprensión y acompañamiento”.
Desde su perspectiva, el rol de los padres debe ir más allá del control. “Hay que sentarse a ver qué están viendo los niños. A mí, por ejemplo, hubo cosas que me asustaban, pero cuando las entendí, pude gestionarlas mejor. No dejan de preocuparme, pero ya sé de qué se tratan”.
Esto implica estrategias concretas como, por ejemplo, conocer los contenidos, identificar con quién interactúan, y sobre todo, abrir espacios de conversación.
El rol del Estado: entre regulación y formación
En medio de este escenario, el papel del Estado se vuelve determinante. Para Jorge, la clave no está en prohibir, sino en formar.
“Se recomienda generar espacios de alfabetización mediática para capacitar a las personas sobre cómo navegar en el entorno digital de forma segura. Necesitamos hablar de esto en escuelas y colegios, pero no desde el miedo, sino desde las herramientas”.
A esto se suma la necesidad de regulación. Liliana insiste en que las leyes deben apuntar también a las plataformas. “Necesitamos cuestionar sus diseños adictivos y exigir mayor responsabilidad en la protección de usuarios jóvenes”, señala.
Más allá de la prohibición: la pregunta de fondo
El debate no se agota en decidir si se debe o no restringir el acceso a redes sociales. La discusión es más profunda: ¿qué tipo de relación queremos construir con la tecnología?, ¿qué responsabilidades asumimos como adultos, instituciones y Estado? Y ¿qué estamos dispuestos a cambiar?
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