El Miércoles de Ceniza la Iglesia inicia la Cuaresma. Son 40 días que conducen al corazón de la fe cristiana, la Pascua, y que invitan a revisar la vida, ordenar prioridades y volver a lo esencial.

La Iglesia recuerda cada año que la Cuaresma no se reduce a prácticas externas, sino que exige coherencia interior. Es un tiempo que llama a la reconciliación, a la acción y a caminar juntos como comunidad.

Pero ¿cómo traducir ese llamado universal al día a día? ¿Cómo vivir la Cuaresma en medio del trabajo, la familia, el ruido y las distracciones constantes? La hermana Mónica Sáenz, coordinadora de la maestría en Teología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), ofrece claves concretas para que este tiempo no pase de largo, sino que transforme verdaderamente el corazón.

Son 40 días de preparación, de reflexión, de escucha y de silencio para vivir el máximo don y misterio de nuestra fe, que es la Resurrección del Señor. Antes pasamos por el Triduo Pascual —jueves, viernes y sábado—, para vivir que Cristo ha vencido la muerte el domingo de resurección.

Es un tiempo para detenernos, revisar nuestra vida y prepararnos interiormente para ese encuentro con el Señor resucitado.

El ayuno no es solo privarnos de comida. Tiene que ver con nuestros apetitos desordenados, con esas pasiones que a veces nos llevan a actuar mal o a herir al otro. El Papa nos invita incluso a ayunar de las palabras hirientes, a hablar menos para poder escuchar más.

En un tiempo donde hay tanto dolor y división, la Cuaresma nos llama a hacer un alto, a frenar, a mirar al otro, a escuchar sus necesidades. No es un camino centrado únicamente en mí, sino en cómo mi conversión repercute en la vida de los demás.

Primero, buscando espacios de silencio. Tal vez no tenemos el hábito de orar, pero podemos empezar con cinco minutos diarios. Leer la Palabra de Dios, participar en la eucaristía, acercarnos a la confesión.

Este año la familia franciscana vive un Año Jubilar que, aunque forma parte del jubileo convocado para toda la Iglesia, tiene un significado especial, se conmemoran los 800 años del tránsito de San Francisco de Asís, es decir, el momento de su paso a la vida eterna.

En este contexto, los fieles pueden recibir la indulgencia jubilar al visitar una iglesia franciscana, siempre que cumplan las condiciones establecidas por la Iglesia: confesión sacramental, participación en la Eucaristía, oración por el Santo Padre y una auténtica disposición interior de conversión.

A veces hay que hacer un pequeño esfuerzo, incluso “violencia” con uno mismo: vencer la comodidad, dominar los impulsos, crear no solo un silencio exterior, sino también interior.

La Cuaresma no es un tiempo para golpearnos el pecho. Sí debemos reconocer lo que somos, pero con la mirada puesta en la alegría de la Resurrección.

A veces nos quedamos en el Viernes Santo, lamentándonos, y no damos el salto al Domingo de Pascua. Cristo venció a la muerte. Creemos en un Dios vivo, misericordioso, padre y amigo.

Como recuerda el Papa Francisco, nosotros nos cansamos de pedir perdón, pero Dios nunca se cansa de perdonar. Esa es la clave: vivir la conversión desde la misericordia.

La palabra clave es abandono. Es como un padre que le dice a su hijo: “lánzate”. Si confías, sabes que no te va a dejar caer. Dios está siempre esperando. Dios es padre misericordioso, nunca deja de amar.

Volver implica dar un paso, aunque sea pequeño. La Iglesia ofrece muchos caminos: la confesión, la eucaristía, la meditación de la Palabra y las obras de misericordia, que en Cuaresma cobran una fuerza especial. Es un tiempo de conversión que nace del amor, reconocer cuánto nos ama Dios y responder con el deseo sincero de amarlo también.

En coherencia con este tiempo fuerte del calendario litúrgico, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador abrirá espacios concretos para acompañar a la comunidad universitaria durante estas semanas.

Celebraciones litúrgicas
La Universidad también organizará misas y celebraciones en momentos clave, incluido el Miércoles de Ceniza, ofreciendo instancias para la oración, la contemplación y la renovación espiritual.

Así, la Cuaresma se convierte en una oportunidad para que la comunidad PUCE camine unida hacia la Pascua, no desde la culpa, sino desde la esperanza; no desde el aislamiento, sino desde el encuentro.

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