En un mundo que insiste en que “ser feliz” es una meta constante, una especie de estado ideal al que deberíamos llegar y permanecer, la pregunta resulta inevitable: ¿y si la felicidad no fuera un destino, sino apenas un momento?
A propósito del Día Internacional de la Felicidad, el psicólogo Emilio Salao, docente e investigador del Instituto de Salud Pública (ISP) de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), propone una mirada diferente sobre los discursos tradicionales.
Una idea tan antigua como compleja
Hablar de felicidad parece sencillo, pero no lo es. No existe una definición única ni universal. Para Emilio, se trata de una experiencia profundamente subjetiva, lo que hace feliz a una persona puede no tener ningún sentido para otra.
Sin embargo, esta experiencia individual no ocurre en el vacío. Como explica el sociólogo Francisco Morales, docente investigador de la PUCE, “el fenómeno emocional, en principio, es un fenómeno psicológico individual. No obstante, adquiere su verdadero significado y sentido cuando entendemos las diversas situaciones, contextos, patrones y normas sociales que lo rodean”.
Desde la filosofía clásica, pensadores como Aristóteles o Platón ya advertían que la felicidad tenía que ver con una forma de vivir en armonía con el mundo y el ser. Hoy, esa relación sigue vigente, pero atravesada por nuevas dinámicas sociales.
De aspiración a producto
En el siglo XXI, la felicidad dejó de ser solo una reflexión filosófica para convertirse también en un ideal social… e incluso en un producto.
La socióloga Eva Illouz ha cuestionado cómo el bienestar se ha incorporado a la lógica del consumo. Hoy, experiencias, servicios e incluso estilos de vida se presentan como caminos directos hacia la felicidad.
Pero este contexto también moldea la forma en que sentimos. Como señala Francisco: “Experimentamos las emociones de la manera en que lo hacemos debido a factores sociales y culturales”.
Así, incluso aquello que consideramos más íntimo —como la felicidad— está influenciado por el entorno en el que vivimos.
Espóiler: no se puede ser feliz todo el tiempo
Uno de los puntos más claros es este: la felicidad no es un estado permanente.
Desde distintas corrientes psicológicas, incluso aparentemente opuestas, hay coincidencias. Tanto el psicoanálisis como la neuropsicología sostienen que los seres humanos no pueden vivir en felicidad constante. Es un límite psíquico y fisiológico.
Existen, más bien, momentos de felicidad. Instantes intensos que adquieren un valor especial en nuestra experiencia. Pero incluso esos momentos están regulados socialmente. “Las normas sociales determinan qué emoción es adecuada, así como la intensidad, dirección y duración de lo que sentimos”, explica Francisco. Es decir, no solo sentimos, sino que aprendemos cuándo, cómo y cuánto sentir.
No hay felicidad sin sufrimiento
Hablar de felicidad sin hablar de sufrimiento es, en palabras de Emilio, problemático.
El ser humano vive en tensión constante entre ambos estados. La cultura, como ya advertía Sigmund Freud, impone límites: no podemos hacer todo lo que deseamos, porque la convivencia social exige renuncias.
Esa renuncia es, precisamente, una de las fuentes del malestar. “En contextos como América Latina, además, el sufrimiento no es solo psicológico, sino también estructural. Crisis ambientales, desigualdad y condiciones de vida adversas hacen que muchas personas aprendan a vivir en escenarios donde el bienestar no es garantizado”, agrega Emilio.
Por eso, reconocer los momentos de felicidad también implica reconocer el contraste con el dolor. Es esa tensión la que les da sentido.
La felicidad está en los vínculos
Las prácticas que generan bienestar tienen algo en común: los vínculos. La naturaleza, la familia, la espiritualidad, el ejercicio o incluso la relación con las mascotas implican formas de conexión.
“El ser humano es, ante todo, un ser social. Y es en lo social donde encontramos tanto el sufrimiento como la felicidad”, explica Emilio.
Y esa experiencia social no es uniforme. “No existe un solo orden social o normativo. Las expectativas de comportamiento cambian según la situación”, añade Francisco. Por eso, no hay una única forma válida de ser feliz.
Entonces, ¿cómo acercarse a la felicidad?
Aunque no hay una receta universal, sí hay pistas. Para quienes aún no identifican qué les genera bienestar, Emilio sugiere algo fundamental: no buscar solos.
La felicidad —o al menos el camino hacia el bienestar— se construye con otros.
- Conversar
- Explorar nuevas experiencias
- Pedir acompañamiento psicológico si es necesario
- Reconocer qué nos hace bien y qué nos hace mal
El autoconocimiento no siempre es intuitivo. Muchas veces requiere diálogo, reflexión y guía.
Una responsabilidad colectiva
Más allá de lo individual, Emilio plantea una dimensión más amplia: la felicidad también es un asunto social y político. “No se trata de garantizar que todos sean felices, pero sí de construir condiciones que reduzcan el sufrimiento y permitan a más personas imaginar un futuro”, enfatiza Emilio.
En el Día Internacional de la Felicidad, quizás la invitación no sea a “ser felices” todo el tiempo. Sino a entender que la felicidad, no es constante, no es perfecta, no es individual y no siempre está en el futuro. A veces, está en un instante. Y casi siempre, está en relación con otros.
