Sales de una relación que te dejó agotada, triste o rota. Dices “nunca más”, te lo prometes en serio… pero pasa el tiempo y vuelves a engancharte con alguien muy parecido al anterior. Mismo trato, mismas señales de alerta, mismo final. Entonces llega la gran pregunta: ¿por qué me pasa esto?, ¿por qué siempre elijo a quien me lastima? Spoiler, no es porque te guste sufrir ni porque tengas mala suerte en el amor. Muchas veces la respuesta está en los vínculos que adquirimos en nuestra infancia.
Cuando somos pequeños, aprendemos qué es el cariño, la seguridad y el amor a partir de cómo nos trata a quienes nos cuidan. Con esas experiencias, nuestro cerebro va “grabando” una idea de cómo son las relaciones y qué esperar de ellas.
Como explica la Mtr. Claudia Bravo, docente de la carrera de Educación de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), “el apego es clave porque ayuda a formar el cerebro” . En otras palabras, desde ahí aprendemos si el amor es seguro, inestable, distante o confuso.
Existen distintos tipos de apego y conocerlos puede ayudarte a descubrir por qué te relacionas como lo haces… y por qué, a veces, repites historias que ya sabes cómo terminan. Entenderlo puede ser el primer paso para empezar a elegir distinto.
Tipos de apego
La teoría del apego desarrollada por John Bowlby ofrece una base fundamental para comprender por qué no todas las personas aman, se vinculan o reaccionan de la misma manera.
Apego seguro
El apego seguro se desarrolla cuando los cuidadores responden de manera consistente, sensible y accesible a las señales del niño.
El niño se cae y se golpea, su mamá llega enseguida, lo toma en brazos, nombra su emoción y le enseña a respirar hasta calmarse, después lo vuelve a dejar jugar sabiendo que ella está cerca. Esa misma persona, ya adulta, suele pedir apoyo cuando lo necesita y confiar en que recibiría ayuda sin sentirse vulnerable.
Apego evitativo (inseguro-evitativo)
El apego evitativo surge cuando los cuidadores son emocionalmente distantes, poco sensibles o rechazantes ante las necesidades del niño.
En la noche el niño llora en su habitación y cuando llama a la madre le responden con un “ya cállate” o le dejan claro que no hay tiempo. Aprende a calmarse solo y a no mostrar su tristeza. De adulto, ante un conflicto de pareja o un problema personal, tiende a cerrar la puerta, resolverlo por su cuenta y evitar conversaciones profundas.
Apego ambivalente o ansioso (inseguro-ambivalente)
Este patrón aparece cuando los cuidadores responden de forma inconsistente; a veces sensibles y atentos, otras veces indiferentes o ausentes.
Antes salir al paseo que se había planeado, el padre en ocasiones viene puntual, y, en otras, no aparece hasta horas después; el niño se queda pendiente de la puerta por horas. A la hora de despedirse se aferra y llora mucho al separarse porque no sabe si volverá. De mayor, suele necesitar mensajes constantes de su pareja y su círculo cercano. Se alarman ante silencios o retrasos, interpretándolos como abandono.
Apego desorganizado (inseguro desorganizado)
Aunque no fue descrito inicialmente por Bowlby, este patrón fue añadido posteriormente por investigaciones basadas en la observación del comportamiento infantil bajo situaciones de estrés.
El apego desorganizado se caracteriza por una falta de patrón coherente de apego, que surge en contextos de cuidado caótico, traumático o contradictorio.
En casa, cuando el niño escucha una discusión, corre hacia sus padres, pero al acercarse no recibe respuesta. Se siente totalmente confundido porque el adulto no responde, pero después consuela y a la vez grita; su reacción parece contradictoria y poco entendible. En la adultez, esto puede traducirse en relaciones tóxicas; busca cercanía, pero reacciona con pánico o conductas contradictorias que confunden a su pareja.
¿Podemos modificar la manera en la que nos vinculamos?
Sí, es posible. La docente menciona que “nuestro cerebro tiene plasticidad” por lo que, aunque las primeras experiencias marcan fuertemente, no actúan como experiencias acumuladas inamovibles.
Añadió que “el primer paso es ser consciente”. Es decir, reconocer los propios patrones, cómo reaccionamos ante la cercanía, el silencio o la distancia. Pequeñas interacciones seguras, repetidas en el tiempo, transforman paulatinamente nuestros patrones de vínculo.

En tus relaciones actuales, ¿qué patrón sueles repetir y qué pequeño cambio podrías intentar para romper este modelo?
